Enrique Lafourcade, La fiesta del rey Acab

Guadalupe Rodríguez de Ita

Instituto Mora

 

Cuando mis queridas colegas y amigas Gaby Pulido y Bety Canseco me hicieron favor de invitarme a presentar –según entendí- una novela sobre Trujillo y Galíndez, en principio me resistí un poco, pues pensé que se trataba de un libro reciente y me pregunté qué tanto me asombraría una nueva recreación literaria acerca del dictador dominicano, del profesor vasco secuestrado y asesinado por dicho dictador, así como de la oposición antitrujillista luego de haber leído la obra Galíndez (1991) de Manuel Vázquez Montealbán, En el tiempo de las mariposas de Julia Álvarez (1994) y, por supuesto, la Fiesta del Chivo de Mario Vargas Llosa (2000). Obras conocidas y reconocidas, por sus altos tirajes, buena crítica y algún galardón. Novelas que además había visto llevadas al cine, por cierto, con poca fortuna (en 2003, 2001, 2005 respectivamente).

Pues nada, como diría mi filósofo caribeño y salsero, “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida…” Desde el primer momento en que tuve entre mis manos la obra La fiesta del rey Acab me asombró positivamente, por varios motivos. Entre ellos por el hecho de que fue publicada por primer vez en el lejano 1959, en el territorialmente distante –al menos para mexicanos y para dominicanos- Santiago de Chile, por la editorial Del Pacífico, siendo su autor el chileno Enrique Lafourcade, quien era por aquel entonces un novel escritor, hoy consolidado plenamente. Otro punto que me interesó es que esta reciente edición -realizada en 2013, en Santo Domingo por Editorial Funglode- cuenta con un documentado y espléndido prólogo del Dr. Pablo Maríñez, en la actualidad embajador de la República Dominicana en Chile. Por cierto, en dicho prólogo el Dr. Maríñez avanza una explicación de porqué Lafourcade escribió esta obra y porqué editores chilenos la sacaron a la luz, en lo que me voy detener ahora, para poder concentrarme en la novela como tal.

Así las cosas, como lectora animosa de novelas y estudiosa entusiasta del proceso histórico dominicano correspondiente al siglo XX, me sumergí en la novela. De lo primero que me percaté es que el autor recurre a un recurso relativamente poco usual para estructurar su novela, como es narrar una serie de acontecimientos como si sucedieran en un mismo día, en 24 horas –como una serie televisiva estadounidense de regular éxito-; así, el relato va, hora por hora, a veces casi minuto a minuto, creando una atmósfera expectante. Otro recurso más usual, pero no por ello menos interesante empleado por el escritor es basarse fundamentalmente en diálogos lo que hacen que la lectura sea bastante ágil y amena.

Como cualquier lector –informado o no del devenir dominicano- lo siguiente que encontré es una narración que gira en torno a un “tiranuelo de un país tropical” –como lo califica el autor (p. 24)-, así como a sus aliados y a sus opositores. Los hechos relatados se presentan como un circo de tres pistas que se interconectan. En la pista principal se desarrolla un fastuoso festejo por el cumpleaños del dictador, donde se hacen evidentes las intrigas palaciegas. En otra pista se exhibe el secuestro y ejecución de un profesor español, vasco en particular, considerado enemigo del gobernante por éste, donde se muestra el nivel de represión y tortura que se llevaba a cabo en los sótanos del palacio. En una tercera pista se despliega un complot organizado por estudiantes para asesinar al tirano, donde se patentiza el grado de hartazgo de los sectores medios de la sociedad.

Por otra parte, para mí y seguramente para cualquier otro lector que conozca –así sea un poco- la República Dominicana y su historia, queda claro que la novela se desenvuelve en esa media isla del Caribe, pues aunque en ninguna parte se le menciona con todas sus letras, sí se ofrecen una serie de elementos que permiten deducirlo. Entre ellos, por ejemplo, se alude a varios países americanos por su nombre –como los Estados Unidos, México, Cuba, Haití, etc.-, con los que tiene relaciones el país donde se desarrolla la acción, pero nunca se escribe el nombre de la Dominicana, lo que puede ser tomado como una referencia encubierta.

La ubicación temporal tampoco es precisada de manera explícita en la obra. Sin embargo, para cualquier lector que tenga noción de que el rapto del profesor vasco fue en marzo de 1956 y el asesinato o –si se prefiere- el ajusticiamiento del dictador en mayo de 1961, se puede inferir que la narración se circunscribe a la segunda mitad de los cincuenta del siglo XX; en particular al último año de esa década, dado que -de manera un tanto furtiva- en el texto se hace referencia al triunfo de la revolución cubana (p. 72). Con relación a la temporalidad, cabe mencionar que el escritor se permitió una licencia literaria, pues no todos los hechos que narra se verificaron en 1959 y muchos menos en 24 horas.

Otro elemento que contribuye a que un lector que conozca –poco o mucho- el devenir dominicano confirme que la novela trata sobre el trujillato es que los personajes, casi en su totalidad son sujetos históricos identificables, a pesar de que son presentados con nombres ficticios, a veces un tanto artificiosos o simplones. Los actores más reconocibles son los trujillistas. Para empezar, el dictador Rafael Leonidas Trujillo Molina, autodenominado el Benefactor de la Patria, aparece en el libro como el protagónico César Alejandro Carrillo Acab, el Dispensador. Sus colaboradores más cercanos no escapan al cambio de nombre: el temido Jonnny Abbes García, jefe de los Servicios de Inteligencia Militar (SIM), es presentado como Kurt von Kelsen; en tanto que Arturo Espaillat, Secretario de Defensa, como Josafat. Tampoco escapa el embajador estadounidense Joseph S. Farland (1957-1960), quien se asoma como el aparentemente insignificante Cecil T. Raven; ni el embajador de Francia llamado Arturo, el gordo, al que se le adjudica una gran influencia –incluso mayor que la de su homólogo estadounidense-; ni el ex mandatario argentino exiliado en la isla Juan Domingo Perón (1958-60), que aparece como Pedro Domingo Absalón; ni el profesor chileno Waldo Ross, cooptado por Trujillo, cuyo nombre ficticio es Waldo Roth. Y así se puede seguir con una larga lista de aliados de Trujillo.

Por otro lado, los personajes opositores al tirano son menos reconocibles, pues el autor los bautiza con más sutileza, quizá como un mecanismo de protección o defensa para los sujetos históricos o para sí mismo. Por ejemplo, a Jesús de Galíndez, el profesor vasco, a quien se le puede considerar coprotagonista de la obra, pues se le menciona a lo largo de ella, sólo se le alude allí con su nombre de pila y sin apellido alguno. Mientras tanto, el actor principal del complot para matar al tirano se presenta en el texto con el nombre de Cosme San Martín que no es tan fácil de reconocer, pues varios bachilleres y universitarios participaron en conspiraciones, pero que bien podría ser un Manolo Tavarez Justo, el compañero de la ahora internacionalmente conocida Minerva Mirabal; en condiciones similares está el personaje de Rosita, la joven que jugará un papel destacado en el asesinato del dictador.

Cabe apuntar que, dado que la obra es literaria, el escritor se permite presentar a los personajes y, por extensión, a la narración en su conjunto en términos maniqueos. Así, en el libro, por un lado, están los trujillistas que son los envilecidos. Por ejemplo, a Trujillo lo exhibe como un ser violento, torturador, capaz de matar con sus propias manos (p. 132), pero también como alguien débil y frágil, influenciable y hasta manipulable respecto a su esposa (pp. 81-82) y a su hijo de 8 años (pp. 45-49; 127-132); lo pinta como un hombre presuntuoso (p. 21) y caprichoso, dado a los excesos de comida y bebida e, incluso, de enervantes (cocaína) (pp. 145-148; 154) y con poca resistencia a tales excesos. Lo que, cabe mencionar, en muchos sentidos contrasta con el Trujillo de Vargas Llosa y de otros autores literarios o no.

En el lado contrario, la oposición y los opositores al dictador son enaltecidos en la novela. A Jesús, el profesor vasco, lo presenta como un hombre “fino, melancólico, discreto” (p. 64), “que ama la verdad” (p. 133), un ser con gran “dignidad” (p. 132) y “valor” (p. 148); elementos que no encajan del todo con el Galíndez de Vázquez Montealbán, quien en su libro lo presenta -como escribió el mismo autor en un artículo- como un “héroe impuro”, con cualidades, sí, pero también con devaneos. En lo que toca a los estudiantes antitrujillistas estos son definidos como “seres puros” (p. 97), que quieren “hacer patria” (p. 60) y crear una “sociedad nueva, de estudio, de trabajo” (p. 61), un tanto como los muestra la obra de Julia Álvarez.

En fin, en mi humilde opinión, este libro con sus aparentes imprecisiones especio-temporales, sus artificios eventualmente simplones de los personajes y su relato maniqueo logra una recreación literaria verosímil de una tiranía cualquiera, por lo que puede inscribirse en el subgénero de la novela del dictador, que tomó nuevos bríos durante el llamado boom latinoamericano.

Pero no sólo eso, si se va más allá de las licencias literarias del autor, el texto consigue recrear con un alto grado de verisimilitud al trujillato; así, en un relato breve -si se compara con otras obras, en especial con las tres mencionadas al inicio- consigue exponer los temas centrales abordados por ellas, esto es, al propio trujillato en general, así como al dictador, a Galíndez y a la oposición estudiantil, en particular. Por tanto, este texto escrito y publicado hace más de 50 años es pionero de las novelas sobre el dictador dominicano, acerca del que han corrido ríos de tinta y se han acumulado montañas de papel, como casi ningún otro tiranuelo caribeño, en particular, o latinoamericano, en general.

Por estas y otras razones que, por falta de tiempo y espacio, no puedo exponer aquí, la obra echó abajo mis reservas iniciales y me asombró gratamente. Por eso, y no sólo por cortesía o protocolo, reitero mi agradecimiento a Gaby y a Bety por haberme acercado a este libro. Por eso los invito a que si tienen oportunidad se animen a leerlo; pues, parafraseando a Rubén Blades, esta novela nos da sorpresas, sorpresas nos da esta novela...

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